¿Crisis? ¿Qué crisis?

Autor: Manuel Román

La RAE establece como primera acepción de crisis lo siguiente: “Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. ¿Estamos viviendo un “cambio profundo y de consecuencias importantes”? Y si ha habido tal ¿Hemos cambiado también de la misma manera la forma en que es apreciado? Es tentador decir que sí a todo, pero vayamos por partes.

Para buscar precedentes a la actual situación hay que recurrir a los historiadores, que nos remontarán a justo hace 100 años, la epidemia de gripe que se llevó por delante la vida de 50 millones de personas cuando la Primera Guerra Mundial tocaba a su fin. La globalización y el cambio climático han facilitado que los epidemiólogos lleven años advirtiendo de que una catástrofe así sucedería de nuevo, y de que se repetirá.

La destructiva expansión de la agroindustria y la consecuente pérdida de biodiversidad han tenido como predecible consecuencia, esta vez en el centro de China, una epidemia que ha afectado a todo el planeta en apenas tres meses. Nadie ha estado nunca desconectado (como ya demostró la peste negra en el lejano siglo XIV), pero la cuestión ahora es la velocidad. La globalización convierte en cosa de días lo que en otros tiempos hubiera llevado meses o años. La segunda cuestión es el cambio climático, que abre ciertos frentes a cuál más inquietante: la posibilidad de que reaparezcan enfermedades extintas, de que se expandan los espacios naturales de algunas, de que se difundan los vectores de contagio, o de que cambie el comportamiento de virus y bacterias al interactuar en nuevos espacios y condiciones ambientales. No es cosa de ponerse a analizar cada aspecto, pues hay literatura técnica al respecto.

El sistema económico mundial ha estado fabricando el mecanismo ideal para la transmisión global de enfermedades, y su principal subproducto, el cambio climático, es un excelente instrumento de rescate de viejos y creación de nuevos monstruos. Este modelo de globalización mercantil irrestricta ¿está en crisis? A primera vista parece evidente. Su motor esencial, la creación y acumulación creciente de beneficios, ya ha dado sobradas muestras de agotamiento, y de hecho el shock financiero de 2008 ya fue un importante aviso, y no el primero. Como toda estructura consolidada posee poderosos mecanismos de permanencia, y así los defensores del “business as usual” ya están trabajando en su conservación, y el mensaje vuelve a ser el de siempre: para salir de la crisis hay que olvidarse del medio ambiente.

¿Tiene sentido reactivar de nuevo el falso debate economía-medio ambiente? No hay tal, obviamente, sin vida ni salud no hay economía. Pero la epidemia ha tenido una consecuencia inesperada en la opinión pública: ha circulado en twitter eso de que la economía mundial se ha hundido porque hemos empezado a gastar sólo en las cosas que necesitamos. Hay mucha verdad en esas palabras.

El modelo económico español se ha basado en actividades como el turismo, la inmobiliaria o el automóvil, del tipo que primero se abandona en cuanto vienen mal dadas, por lo que no es descabellado que nos adviertan de una reducción del PIB de un 8 o un 10%, y tampoco sería sorprendente que fuera mayor. Son las actividades que ya se hundieron en 2008, y que los gobiernos del PP se esforzaron en reflotar a costa de precarizar el empleo, rebajar los salarios y sacrificar los sectores que podrían haber cambiado nuestra estructura económica (como las energías renovables o el I+D).

Repasando mis palabras y volviendo a la definición de origen, resulta que no estamos ante un cambio profundo y de consecuencias importantes. Ese ya se produjo. Lo que está pasando ahora son las sucesivas consecuencias de ese cambio. Hemos tirado la piedra al estanque de tranquilas aguas y vemos las ondas. Cada una de ellas pasa y mueve la superficie del agua, pero esa no es la alteración relevante, porque esa se produjo al tirar la piedra.

Así pues, no. No estamos en crisis, seguimos en la misma línea por la que ya nos estábamos moviendo. Y tampoco nuestra manera de apreciar los acontecimientos tiene mucho margen de cambio, porque los parámetros de degradación del medio ambiente siguen más o menos por donde andaban. El confinamiento ha servido para mostrar a muchos urbanitas que una ciudad con mucho menos tráfico es deseable, con lo que algún alcalde va a tener difícil volver a según qué discursos, pero no mucho más.

Ahí está el problema: hablamos de recuperación y de reconstrucción, cuando lo que necesitamos es construir un nuevo modelo y dirigir la inversión y el gasto a las actividades que permitirán una transición justa. No nos dejemos atrapar por el marco conceptual de la derecha, o terminaremos de nuevo discutiendo entre opciones indeseables.

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